La sorprendente historia prehistórica de la goma de mascar: cuando masticar alquitrán era cuestión de supervivencia

Cuando pensamos en la goma de mascar, lo primero que nos viene a la cabeza son los modernos paquetes de colores, los sabores a menta o fresa y los anuncios de televisión. Sin embargo, este gesto tan cotidiano hunde sus raíces mucho más hondo en el tiempo de lo que imaginamos, revelando una faceta insospechada de nuestros antepasados.
Hace miles de años, durante las duras jornadas de caza y recolección, el Homo sapiens ya recurría a un método muy particular para sobrevivir en un entorno hostil: masticar resina de abedul. Lejos de tratarse de un simple vicio o un pasatiempo, este alquitrán vegetal, obtenido al calentar la corteza del árbol, cumplía una estricta y vital función biológica.
Cuando la comida escaseaba y el hambre apretaba en medio de la intemperie, los cazadores prehistóricos mascaban esta sustancia de forma constante. Al hacerlo, estimulaban una producción masiva de saliva que engañaba al cerebro, ayudando a calmar los retortijones estomacales y mitigando la ansiedad en momentos críticos. Además, debido a las propiedades antisépticas naturales de la resina, este hábito primitivo servía como una suerte de cepillo de dientes rudimentario para mantener una cierta higiene bucal y combatir infecciones.
Curiosamente, milenios después, seguimos utilizando la goma de mascar moderna prácticamente para los mismos fines. Aunque ya no temamos a la inanición en la naturaleza, recurrimos a ella para gestionar el estrés diario, mantener la concentración en tareas monótonas, calmar los nervios o refrescar la boca después de comer. La próxima vez que abras un paquete, recuerda que estás repitiendo un instinto ancestral: un auténtico truco de supervivencia de la Edad de Piedra que, de una u otra forma, ha conseguido llegar hasta nuestros días.
¿Cómo sabemos todo esto? El misterio del ADN fosilizado
Lo más fascinante de esta historia no es solo el hábito en sí, sino cómo ha llegado hasta nuestros días para que los arqueólogos y genetistas puedan estudiarlo con detalle. La clave reside en los yacimientos arqueológicos del norte de Europa, donde con frecuencia se han encontrado trozos de alquitrán de abedul fosilizados que conservan nítidamente marcas de dientes humanos de hace miles de años.
Lejos de ser simples curiosidades, estas piezas de goma de mascar prehistórica se han convertido en auténticos tesoros científicos. Al quedar atrapados en la resina endurecida, los restos de saliva humana y las células epiteliales han permitido a los investigadores extraer material genético antiguo en un estado de conservación excepcional. Gracias a este hallazgo, no solo hemos podido averiguar qué tipo de dieta básica llevaban nuestros antepasados, sino también identificar las bacterias presentes en su boca, e incluso rastrear su linaje genético directo.
En definitiva, aquella antigua goma de mascar prehistórica funciona hoy como una cápsula del tiempo biológica única. Demuestra que, aunque la tecnología y el estilo de vida hayan evolucionado de forma radical desde el Paleolítico, la biología humana y muchos de nuestros gestos más cotidianos siguen conectados con nuestros orígenes más remotos de una manera totalmente inesperada.
